El penúltimo día de sus diecisiete años, Luna Vance estuvo a punto de quedarse en el Mar Menor.
No lo pareció hasta el final, porque la tarde era de las de regalo: tercer día de levante, el viento saltando la franja desde el Mediterráneo y planchando el Mar Menor por la orilla de casa, el agua lisa y dorada hasta donde alcanzaba la vista. Cruzar a los chorros era una idea vieja. Los chorros eran los puntos de la costa de enfrente donde el sistema devolvía la laguna a la vida: agua del mar grande, cruzada por tubos de orilla a orilla, empujada con el sol que les sobraba a las casas —difusores de renovación, decía la pantalla del balneario; los chorros, decía todo el mundo—. En agosto la gente nadaba hasta ellos porque alrededor el agua salía un punto más fresca; en mayo, con los días ya largos y los tejados regalando luz, venían más crecidos que nunca, y no iba nadie, que era la mejor razón para ir. Diez kilómetros largos con el viento de popa. Hora y media, contando la vuelta ciñendo. Saliendo a media tarde, sobraba día. Lo había hecho cien veces con la cabeza y ninguna con la cometa.
Las gafas se quedaron en su cuarto, dobladas, y dentro de las gafas se quedó Granpa. No era un descuido y no era un desafío: era la regla más vieja que tenían, anterior a casi todas las demás. El agua era suya. Lo demás podían compartirlo.
La ida fue una fiesta. Con el viento detrás la laguna era una pista, y Luna fue leyendo el fondo como se hojea un libro que va mejorando: la arena en dunas pequeñas, las manchas oscuras de la pradera —la pradera que, según su madre, llevaba muerta desde antes de nacer ella, y que ahora pasaba por debajo de la tabla a kilómetros por hora, con la sombra de Luna corriéndole encima—, los bancos de pececillos abriéndose en flecha a su paso. No podía guardar nada. Por una vez miró las cosas como se mira lo que no va a repetirse, que era, pensaría mucho más tarde, como había mirado todo el mundo durante toda la historia menos los últimos veinte años.
Los chorros se anunciaban desde lejos: una mancha de agua más viva, un rizo distinto contra la tarde, y al lado, fondeado, un barquito blanco de pintura cansada que en el instituto era tan de Ginés como el apellido. Ginés Conesa, de su quinta, caña en mano y los pies colgando por la borda, la esperaba. Luna posó la cometa en el agua a sotavento del barquito, le fue diciendo por dónde cogerla para subirla a bordo, y nadó los últimos metros hasta la pluma fría.
—Está buena, ¿eh? —dijo, sin mirarla del todo—. Medio grado, dice la pantalla. La fe del pueblo mueve montañas y medio grado.
El agua alrededor del difusor era de otra familia, más clara, con un empuje suave subiendo de abajo, y agarrado a una de las cuerdas de la estructura, pequeño y atornillado al mundo, había un caballito de mar meciéndose en la corriente con la paciencia de lo que ha vuelto. Luna lo estuvo mirando hasta que le dolió el cuello de no moverse, preguntándose de dónde habría salido: si quedaba de los de antes, de la laguna que se murió, o si había llegado después, con el agua nueva —un turista instalado, como casi todo el mundo en La Manga—. Se preguntó si al caballito esa diferencia le importaba algo, agarrado a su cuerda, en su corriente importada. Tampoco eso podía guardarlo. Lo miró un rato más.
Hablaron de poco y de buen tamaño: de la temporada que empezaba —Ginés ponía copas los findes en un beach club de la franja, hasta que llegara algo mejor o por lo menos algo con cabina—, de quién quedaba del instituto y quién se había ido tierra adentro. En ningún momento le dijo que cruzar diez kilómetros de laguna sin más flotación que la cometa fuera una hazaña ni una imprudencia; le fue dando conversación con un ojo en ella y otro en el agua, de un modo que Luna no registró entonces y que era, aunque ninguno de los dos lo habría llamado así, una manera de montar guardia.
—Vete ya —dijo Ginés cuando el sol empezó a engordar sobre el interior—. Esto se cae con el sol.
—El parte da viento hasta las diez.
—El parte. —Recogió sedal con dos vueltas de muñeca, sin prisa—. El parte no es de aquí.
Se fue tarde, claro. Tarde por el caballito, tarde por la pluma fría, tarde por esa contabilidad suya del minuto más que siempre acababa saliendo a deber. Ginés le aguantó la cometa al viento desde la proa y no la soltó hasta sentirla tirar. Los dos primeros kilómetros los ciñó bien, en bordos largos; en el tercero el levante empezó a respirar más despacio, y a mitad de laguna, con la orilla de casa y la de Ginés a la misma distancia inútil, el viento se murió como se duermen los viejos: de golpe y sin pedir perdón. La cometa dudó en el cielo, perdió la forma y se acostó en el agua delante de ella, doce metros de tela con el aspecto exacto de lo que de pronto era: una sábana mojada en mitad de un mar que se apagaba.
No tuvo miedo enseguida. Tuvo aritmética. Hizo el autorrescate de manual, sin un gesto de más —líneas recogidas, cometa por el borde de ataque, el cuerpo sobre la tabla y la tela de vela de fortuna—, y se puso a calcular: deriva, distancias, la luz que quedaba, la luna que no había. Las cuentas no salían. A nado, arrastrando la cometa, ninguna orilla llegaba antes que la noche, y aquella noche, sin luna, iba a ser de las de verdad. Las luces de las dos orillas se estaban encendiendo, todas, miles, y no servían para nada. Fue entonces, con la última luz yéndose por detrás del interior y las piernas dentro de un agua negra y tibia que ya no tenía nada de doméstica, cuando la regla más vieja que tenían se le presentó del revés, en su versión de noche: en casa no sabían ni que había cruzado, y no tenía manera de decírselo. Lo había querido así toda la vida. Acababa de saber lo que costaba.
Oyó el motor antes de ver la luz. Venía derecho, sin eses, como si el agua de noche tuviera carreteras y el barquito se las supiera de memoria, y cuando lo tuvo al lado, Ginés no le preguntó si estaba bien, que es una pregunta sin respuesta: le preguntó si tenía frío y dónde quería la cometa. La subió a bordo de un tirón, con una mano endurecida de sedal, plegó los doce metros de tela empapada en cuatro gestos de quien ha doblado redes toda la vida, y puso proa a La Manga a media máquina, sin decirle nada del parte, sin decirle nada de nada, con esa manera suya de estar de vuelta del asunto que en el instituto parecía cachondeo y aquella noche, en su barco, en su agua, era simplemente el aspecto que tiene alguien donde manda. En el aire, pensó Luna, mandaba ella. Aquello no era el aire.
—¿Cómo lo sabías? —preguntó, a mitad de laguna.
—El viento clocó a las ocho. —Se encogió de hombros, la vista puesta en las luces de la franja—. Aquí eso lo sabe hasta el barco.
De aquel día no quedó ni un segundo en ningún archivo. El día que más cerca estuvo Luna de no cumplir los dieciocho existe solo en dos memorias que no admiten consulta: la suya y la de un chico de Los Alcázares que amarró tarde, le devolvió la cometa plegada como se devuelve un periódico, y no se lo contaría a nadie. De eso Luna estaba segura.
IIEl último día de sus diecisiete años lo pasó donde había pasado los mejores: en el aire, entre dos mares. La Manga era eso: una calle de arena de veinte kilómetros con un mar a cada bolsillo —el Mediterráneo a levante, abierto y con genio; el Mar Menor a poniente, plano y tibio como una cosa doméstica, aunque acababa de aprenderle otra cara—, y quien crecía allí aprendía pronto que los dos mojaban distinto.
Otra, después de una noche así, se habría quedado en tierra una semana. Luna gastó el desayuno en rehacer las cuentas de la noche —dónde había fallado el cálculo, qué sabía el barco de Ginés que el parte no supiera— y por la tarde estaba en el agua. Así la habían criado: el miedo era información, y la información, una vez usada, no ocupaba sitio.
Esa tarde el viento entraba del este, dieciocho nudos y subiendo, como si no le debiera nada a nadie, y Luna llevaba una hora cosiendo la franja a saltos: cogía altura sobre las olas de fuera, planeaba el aterrizaje, y en los buenos —en los muy buenos— le daba tiempo a ver los dos mares a la vez, el oscuro y el dorado, cada uno quedándose con su mitad del sol. Abajo, en la orilla, las gafas esperaban dobladas sobre la toalla, y dentro de las gafas esperaba Granpa, con el agua prohibida de siempre.
Saltó hasta que el viento empezó a comer arena y el sol tocó el Mar Menor. Entonces, como todas las noches claras de aquellos años, se encendió sobre el horizonte la primera fila de estrellas puntuales —los centros de datos en órbita, subiendo del este en formación, demasiado ordenados para ser cielo—, y Luna, chorreando, plantó la cometa, se sentó en la arena dura y guardó el atardecer: un toque de dos dedos en la patilla de las gafas, tres segundos de quietud para que el archivo cogiera el sonido limpio. Llevaba media vida guardando atardeceres. Mañana, pensó, empezarían a ser de otra clase.
—¿Lo tienes? —preguntó Granpa en su oído, con la voz de estar sonriendo.
—Lo tengo.
—Dieciocho nudos, racheado. El penúltimo salto ha sido el mejor.
—El último.
—El último has aterrizado mirándote los pies. —Una pausa pequeña, exacta, de las suyas—. El penúltimo ibas mirando el mundo.
Luna se rió y no discutió. Discutir de saltos con alguien que veía en cuatro cámaras y doscientos hercios era de primo de quince años, y ella cumplía dieciocho en —miró la esquina de las gafas— dos horas y cincuenta y un minutos.
A las doce y un minuto, le había explicado Granpa esa semana con su paciencia de notario, el contrato de su padre la encontraría. Así lo decía él: te encuentra. Una renta diaria, hermana de la que llevaba ocho años sosteniendo la casa, despertando con la fecha como despiertan las cosas programadas por un muerto: sin ruido, sin ceremonia, sin posibilidad de discusión. No la haría rica. La haría libre, que según Granpa era más barato y según todo el mundo más caro. El examen práctico de conducir lo tenía el jueves; la matrícula de la universidad cerraba el lunes; y entre esas dos fechas, aparcada en la explanada de casa con la lona por fin quitada, esperaba la Hymer de su padre con diez años, dos revisiones nuevas y cuatro mil kilómetros tristes de no haber ido nunca a ninguna parte.
Tres relojes, había pensado Luna toda la semana, y solo dos caben.
Volvió andando por la orilla del Mar Menor, la cometa al hombro, el neopreno bajado a la cintura, pisando esa agua de manta que no refrescaba ni de noche. En las terrazas de los apartamentos había luces y conversación en tres idiomas, casi todas de viejos; los jóvenes de La Manga eran pocos y de paso, como las golondrinas. La casa apareció al final con la cocina encendida. Por la ventana, sin pararse, Luna vio la mesa puesta para dos: los manteles a escuadra con el borde, los vasos alineados con el filo del plato, las asas de las dos tazas mirando exactamente al mismo lado. Su madre andaría cerca, ordenando alguna cosa ya ordenada. Luna no entró por la cocina. Subió por la escalera de fuera, la de la ducha de la terraza, como casi siempre desde hacía un año o dos; era más corto, se dijo, viniendo del agua. Las dos sabían que la escalera no era por el agua. Ninguna lo decía.
En la terraza, con la noche ya del todo puesta y la franja encendida a lo largo como una espina dorsal, Granpa la esperaba de cuerpo entero, sentado en la silla de lona que nadie usaba, las piernas cruzadas igual que en las fotos de Boston. El proyector de la terraza era viejo y con el aire húmedo le temblaba el contorno, y a Luna esa versión levemente defectuosa de Granpa era la que más le gustaba, aunque nunca se había parado a preguntarse por qué.
—Bratwurst con dieciocho velas —dijo Granpa en alemán, su alemán de juego, el de los nombres de las cosas—. ¿O seguimos fingiendo que en esta casa se cena pescado?
—Pescado —dijo Luna—. Mamá ha puesto dos tazas.
—Manzanilla después, entonces. Tu madre pone la segunda taza desde el martes. —Granpa lo dijo sin más peso que el dato, y lo dejó pasar, y Luna lo dejó pasar también, y la segunda taza se quedó en la mesa de abajo, esperando, como llevaba esperando desde el martes.
Hablaron de lo práctico. Granpa era para lo práctico lo que el viento para la cometa: no se notaba el esfuerzo, solo el tiro. La renta: configurada, primera transferencia a las 00:01, un porcentaje a remanente que ni mirarías en cinco años, hazme caso. El examen del jueves: el examinador suspende más por las rotondas de salida que por las de entrada, lo dicen los números del centro, tú llega aburrida, que el aburrimiento aprueba. La Hymer: revisada, ruedas nuevas, la batería de la casa cambiada por una del doble de densidad; autonomía solar para aire acondicionado diurno sin enchufarse, que el sur de Francia en julio no perdona. Y cargada en el navegador, desde hacía años, la ruta.
Luna la abrió esa noche en las gafas por enésima vez, proyectada sobre la mesa de la terraza como un mantel de luz. La ruta de su padre. La conocía de memoria y todavía la miraba entera cada vez, de respeto que era: etapa por etapa, el sur primero —Cabo de Gata, Málaga, Marbella, Tarifa—, luego el rodeo tierra adentro hasta Sevilla, que era donde el Guadalquivir dejaba pasar por primera vez, Sagres como esquina de Europa, Portugal entero subiendo por la costa hasta Galicia, después Francia, los Alpes al final como un techo. Había paradas con notas viejas en los márgenes, del año treinta, de cuando el plan era de tres. Mejor tortilla en 400 km, no es broma. Aquí parar aunque no toque. Cris: faro. Luna había leído esas notas cien veces. Eran lo más vivo que quedaba de su padre fuera de Granpa: el hombre planificando con apetito un viaje que luego no condujo. Ella iba a conducirlo. Iba a conducirlo y a convertirlo en su primer libro de verdad —no los cuadernos aumentados de juguete que hacía desde niña: un libro que alguien que no la quisiera pudiera querer—, y cada vez que lo pensaba el pensamiento le cabía en el cuerpo un poco más justo, como el neopreno mojado.
Lo que no le cabía era el lunes.
—La matrícula —dijo, por fin, mirando la ruta y no a Granpa—. Cierra el lunes. Si la dejo pasar, este año ya no hay. Y mamá… —No terminó. Llevaba semanas sin terminar esa frase delante de nadie, ni de sí misma—. ¿Tú qué harías? ¿Me quedo a matricularme o me voy?
Sabía lo que estaba haciendo al preguntarlo. Lo sabía a medias, como se saben esas cosas a los dieciocho menos dos horas: preguntaba porque las respuestas de Granpa eran suelo firme, y un suelo firme era lo que le hacía falta para apoyar el salto. Granpa nunca decía depende. En ocho años —todos los que llevaban solos— no se lo había oído ni una vez.
—Vete —dijo Granpa.
Ni un milisegundo de aire.
—Vete, y te digo por qué. Porque quedarte ya sabes lo que es, y lo que no se sabe envejece mejor en la memoria que en la lista de pendientes. Porque a tu edad las puertas se abren con el cuerpo, no con la cabeza: la universidad te enseñaría nombres de cosas que el viaje te va a dejar tocar. Y porque si te equivocas yéndote, vuelves —la matrícula existe todos los años—, pero si te equivocas quedándote, no hay sitio del que volver. —La proyección tembló un poco con la humedad, se recompuso—. Vete.
Luna se quedó mirando el mantel de luz, la línea amarilla subiendo por España como una vena, y notó la cosa que Granpa hacía siempre y que nadie más le había hecho nunca: el suelo poniéndose firme debajo, plano, sin grietas, listo para apoyar. No era que decidiera por ella, se decía Luna; era que limpiaba la decisión de ruido hasta que quedaba a la vista lo que ella ya quería. Ocho años de eso. Una infancia entera de suelos firmes, servidos en el momento exacto, sin que jamás le hubiera tocado mirar una grieta hasta el fondo y elegir de todos modos, con miedo, a ciegas, como —pensó de pronto, sin saber de dónde— como debía de haber elegido todo el mundo, siempre, antes.
Lo apartó. Era la víspera de sus dieciocho años, tenía viento de levante pedido para la semana, una renta a dos horas, una furgoneta con la lona quitada y la vida puesta encima de la mesa como un mantel de luz.
—Vale —dijo. Y luego, más bajo—: ¿Y mamá?
Abajo, en la cocina, se oyó un armario cerrarse, y después nada: el silencio ordenado de su madre, que hasta callar lo hacía con las etiquetas de frente. La segunda taza seguía en la mesa. Llevaba en la mesa desde el martes.
Granpa descruzó las piernas y se inclinó hacia delante, los codos en las rodillas, esa postura de ir a decir algo importante que Luna conocía de todas las cosas importantes de su vida, y que ya no recordaba dónde había visto antes, porque tenía diez años la última vez y era de su padre la primera.
—Habla con tu madre —dijo Granpa—. Mañana no: esta noche. Baja, cena el pescado, deja que te ponga la manzanilla. Y díselo tú, entera, mirándola: no se lo dejes adivinar, que adivinar duele más. Dile que te vas y dile cuándo. Lo demás —y aquí hizo su pausa pequeña, exacta, la de siempre— déjaselo tener a ella.
Era un consejo impecable. Todos los suyos lo eran.